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sábado, 18 de enero de 2014

Transiciones.


En esta ocasión, mi viaje —virtual— a Venecia ha sido a tiro hecho. Entre el año anterior y este en curso (uno), me he ido a lomos de pincel hasta Campo Manin, a interpretar las cosas que me quiso contar esta vieja puerta. Aparte de lo compositivo, donde hubo que hacer obra para mover acá y empujar allá, le quise ver algo de Cezanne al juego de complementarios entre verdes y anaranjados (dos), antes de entrar en los suaves turquesas a través de las asperezas de los ostiones que habitan el zócalo, entre el aire y el agua (tres). Y justo frente a la puerta se levanta, como si todavía la custodiase, la monumental estatua del propietario de la casa, Daniele Manin, a la que le suma monumentalidad el enorme león de San Marco que reposa a sus pies, y que, más allá del santo, hace referencia a la brevísima república homónima que presidió Manin tras el levantamiento contra invasión austríaca, a mediados del siglo XIX. El apellido le viene al personaje de Ludovico Manin, último dux de la Serenissima Repubblica y padrino de bautismo de su abuelo. Y su hijo, Giorgio Manin, formó parte de la spedizione dei Mille, que conquistó el reino de las Dos Sicilias a las órdenes de Garibaldi, y que vino a dar con el tiempo en una Italia más o menos parecida a la de hoy. Así que entre antecesores y sucesores (cuatro), la puerta se entretuvo en describirme a golpes de agua una hermosa pincelada del romanticismo decimonónico, en versión véneta.

¿Qué no es transición?.

2 comentarios:

  1. Es una preciosidad, esta puerta me enamora y como al artista a mi tambien me trasporta a Venecia no soy entendida en el arte de la pintura pero me fio de lo que mis ojos me dicen ..y muchas gracias por la clase de historia que acompaña a esta obra de arte...

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  2. Muy agradecido, Conchi, sobre todo porque me gusta que te guste.

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