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sábado, 18 de enero de 2014

Transiciones.


En esta ocasión, mi viaje —virtual— a Venecia ha sido a tiro hecho. Entre el año anterior y este en curso (uno), me he ido a lomos de pincel hasta Campo Manin, a interpretar las cosas que me quiso contar esta vieja puerta. Aparte de lo compositivo, donde hubo que hacer obra para mover acá y empujar allá, le quise ver algo de Cezanne al juego de complementarios entre verdes y anaranjados (dos), antes de entrar en los suaves turquesas a través de las asperezas de los ostiones que habitan el zócalo, entre el aire y el agua (tres). Y justo frente a la puerta se levanta, como si todavía la custodiase, la monumental estatua del propietario de la casa, Daniele Manin, a la que le suma monumentalidad el enorme león de San Marco que reposa a sus pies, y que, más allá del santo, hace referencia a la brevísima república homónima que presidió Manin tras el levantamiento contra invasión austríaca, a mediados del siglo XIX. El apellido le viene al personaje de Ludovico Manin, último dux de la Serenissima Repubblica y padrino de bautismo de su abuelo. Y su hijo, Giorgio Manin, formó parte de la spedizione dei Mille, que conquistó el reino de las Dos Sicilias a las órdenes de Garibaldi, que vino a dar con el tiempo en una Italia más o menos parecida a la de hoy. Así que entre antecesores y sucesores (cuatro), la puerta se entretuvo en describirme a golpes de agua una hermosa pincelada del romanticismo decimonónico, en versión véneta.

¿Qué no es transición?.

lunes, 28 de mayo de 2012

Passeggiata a Venezia.


Entre un montón de cosas en curso y otras tantas por hacer, con la espalda dolorida y la alergia en flor, he vuelto a ir a Venecia, a ratitos, porque desde Sevilla a Venecia sólo se tarda el tiempo de empuñar un pincel.
Volví a pasear por San Marco, entre la Basílica, el Palacio Ducal, el Campanile y la Biblioteca Marciana. El Gran Canal desde el Ponte Rialto mantenía intacto el aspecto de los cuadros de Giovanni Antonio, aunque para mi gusto no desmerecen las vistas de San Giorgio Maggiore y La Salute, desde San Zaccaria, o la del cementerio de San Michele con Murano al fondo, desde Fondamenta Nuove.
Me pude recrear de nuevo en los grandes palacios, Ca’ d’Oro, Ca’ Foscari, Ca’Rezzonico, Ca’ Dario, Contarini, Dolfin y Barbaro. Me perdí por los pasillos del Museo Correr y por los de la Accademia.
Entre otros muchos, por allí estaban con sus faenas el viejo Vittore, Giorgio, Tiziano y Jacopo, a quien visité en su taller. A Paolo y a Giambattista los vi de lejos. No fue fácil hablar con los dos Antonio, el escultor y el músico. Algunos estaban de paso, pero tuve la suerte de encontrarme con Joseph y con George. A Camille y a Claude se les reconocía desde lejos por todo lo que llevaban encima. Johann seguía siendo asiduo del Caffè Florian, y John seguía frecuentando el bar Harri’s, después de hacer corros entre los turistas. Saludé a Charles y a su familia, tras visitar el nuevo ático de Giacomo, que me pareció increíble. A Hugo lo encontré más joven que nunca, aunque no menos que a Mariano que, cómo no, sigue dedicándose a hacer patria.
Pero al cruzar un puente mi vista cansada se enganchó en esta puerta, aún más cansada, y por eso no se ve en mi acuarela ninguno de esos lugares mágicos, ni a ninguno de mis amigos y conocidos.
…¿O sí?.

domingo, 8 de abril de 2012

Acqua alta.

…así que esta semana —Santa— he vuelto a Venecia, con la imaginación, para recrearme en una de esas visiones que tanto y tan bien se prestan al agua de una acuarela. Y en mi recreación no he tenido más remedio que traer al gusto de mi memoria el encanto de los lugares que se mueren lenta y eternamente, deteniendo el tiempo en el instante en que se perciben las cosas, para que uno las encierre en el tiempo que se tarda en hacer algo que recuerde a alguien que esos lugares aún existen. Y sintiéndome en el tiempo y en el lugar, he visto de nuevo y con la misma curiosidad, la peculiar particularidad del acqua alta, que por estas fechas distrae a naturales y visitantes, aunque a cada uno de una manera. Se experimenta entonces que contra este fenómeno natural sólo hay dos recursos: tabicar hasta donde llame el juicio —como es el caso—, o permitir que el agua ocupe temporalmente su lugar natural, como en aquella librería —la de Luigi Frizzo— a la que el prodigio le presta el nombre.
Ciertamente, Venecia es Venecia.

martes, 7 de febrero de 2012

El espíritu trasteverino.


Dice Roger Fry, en “Visión y diseño” —“Renoir”, 1920—, que "a todo artista le motiva algún tipo particular de escena de la naturaleza, y la mayor parte de los artistas tienen que buscar algún aspecto poco corriente o desconocido de las cosas. […] Aunque pinten en sitios vulgares de los alrededores, en general se las ingenian para captarlos desde un ángulo inesperado". Tal vez a eso se deba el hecho de que sea fácil encontrar motivos en el Trastevere, aun cuando apenas haya ni ángulos ni espacios, a ojos normales.
Resulta paradójico que a un barrio tan singular lo esté matando el turismo y sus consecuencias, al tiempo que le da vida y lo mantiene en pie. Es probable que le quede ya poco de genuino, entre restaurantes para extranjeros y tiendas de recuerdos. Posiblemente, el espíritu de Belli o de Trilussa aún se encuentre en algún pequeño negocio o en alguna tasca poco atractiva para el objetivo de una cámara. El romanesco trasteverino, además, tan sólo es accesible a los nativos. A quien pasa por allí sólo le resta buscarle el alma en lo que el tiempo aún no ha removido, y así se la quise ver en esa puerta —a la vista y oculta, en la Piazza della Scala—, que no pedía más que una acuarelita de apenas 10x15 cm.

domingo, 9 de octubre de 2011

El aire húmedo de Roesler Franz.


Seguramente le deba el aspecto de algunas de mis acuarelas a Ettore Roesler Franz (1845‑1907), a quien descubrí en mi primer viaje a Roma, en 1999.
No poco tiempo le dediqué en su momento a estudiar qué le confería a sus acuarelas ese aspecto tan inequívocamente decimonónicas, más allá de sus temas o sus personajes. Aunque actualmente sus colores son imposibles, porque los pigmentos de hoy día no son los de entonces, me hizo ver la importancia de las veladuras a la hora de obtener colores improbables con otras técnicas. Igualmente me hizo descubrir la verosimilitud que a todo le dispensa la presencia de los degradados. Pero quizás lo mejor sea que me hizo ver que la humedad ambiente se puede representar, sin necesidad de poner al fondo una montaña celeste.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Escenario.


Güelfos, gibelinos, papas y Viterbo en el siglo XIII. El escenario ideal para una novela de intrigas, y no menos para una acuarela.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

Supervivientes.


Posiblemente, la mayoría de las casa del centro histórico de Viterbo conocieron los desastres de la Segunda Guerra Mundial.
Posiblemente hayan conocido otras muchas guerras a lo largo de los últimos milenios.
Posiblemente se levanten sobre los restos y con los restos de las otras muchas casas que estuvieron allí antes que ellas.
Posiblemente aún desafíen la verticalidad, más por cansadas que por viejas.
Y posiblemente la mayoría sigan ahí mientras pueda existir la vida tranquila, mientras la economía dé para algún remiendo y mientras no llegue algún iluminado del rejuvenecimiento que nos arruine la posibilidad de imaginar historias.
Posiblemente.

martes, 6 de septiembre de 2011

Río de la Miel.


El Río de la Miel se pierde entre las alcantarillas de Algeciras antes de llegar al mar. Sin embargo, aún ofrece a la vista y a la imaginación algún tramo de su breve curso que sin duda hubiera sido el gusto de los viajeros románticos del siglo XIX, por el origen árabe de su nombre y por su puente medieval, por su sugestiva cascada, por las ruinas de algún molino de agua y por la leyenda de haber sido camino de bandoleros y contrabandistas. Sus orillas son hoy día una ruta senderista, en la que la naturaleza sigue siendo tan amable y agradable, como lo es en tantos otros lugares de este sur inmerecido.
Recuerdo gratamente que la acuarelita —no más que un folio, como es costumbre en quien suscribe— es de esas en las que uno pierde la noción de estar trabajando sobre la superficie de un papel, para adentrarse en su superficie con el tacto de la imaginación. De esas en las que te sientes un auténtico gladiador del pincel, sobre todo en esa última hora de lucha contra los medios, en la que todo pasa definitivamente de la segunda dimensión a la tercera, y de la tercera a la cuarta para quien lo vivió.
Las demás cosa que me evoca, son otras historias.

viernes, 2 de septiembre de 2011

Septiembre.


Este otoño prematuro que riega en estos días el suroeste de la península, me ha traído a la mente —y al blog—, esta acuarela de los árboles del Parque de María Luisa que, a pesar de ser antigua, aún me huele a tierra mojada.
Sin dudas volverán las oscuras golondrinas, sí. Pero antes volverán la lluvia, el frío y el viento. Volverán el abrigo, la bufanda, los guantes, las botas y el sombrero. Volverán las grietas en las manos, las toallas húmedas y las sábanas frías. Y volverá Navidad, Fin de Año y Reyes Magos, sí, pero antes regresarán los días sin salir, las noches tan tempranas y las tardes de mesa camilla.
Definitivamente soy de sur y de sol, y ya miro al cielo con la esperanza de ver volver esas oscuras golondrinas, cuando todavía no se han ido.

lunes, 29 de agosto de 2011

Venezia.


Com’è triste Venezia / Soltanto un anno dopo / Com’è triste Venezia / Se non si ama più / I musei e le chiese / Si aprono per noi / Ma non lo sanno / Che ormai tu non ci sei / Troppo triste Venezia / Di sera la laguna / Se si cerca una mano / Che non si trova più / Si fa dell’ironia / Davanti a quella luna / Che un dì ti ha vista mia / E non ti vede più

jueves, 25 de agosto de 2011

Barrio de San Pellegrino.


Pasear por el Quartiere di San Pellegrino, en Viterbo, es viajar en el tiempo. Un buen sitio donde pasar una temporadita, para unos ojos de acuarelista decimonónico.

domingo, 21 de agosto de 2011

A la vista, y oculta.


Venecia es un paraíso para la vista y para (casi todos) los sentidos, y un dolor de cabeza si se quiere ver más allá de lo habitual, por lo mucho que hay que ver. No tiene periferia porque carece de espacio donde tenerla, aunque tampoco tiene problemas para integrarla en su centro urbano sin desmerecer. Este rincón, tan digno como cualquier otro para un pincel, se encuentra en el Gran Canal, oculto a la vista del viajero por lo mucho que deslumbra todo lo demás.